¿Cómo se logra un desarrollo sensorial? 

Los niños desde que nacen necesitan descubrir el mundo. Los padres somos ese nexo que los ayuda a conectar sus sentidos, y conforme van creciendo, son los maestros y las personas involucrados en su crecimiento quienes ayudan a este desarrollo sensorial. 

Hoy, nuestra Miss Ale nos cuenta cómo logramos este despertar de los sentidos y nos explica un poquito más este proceso que viven los niños desde su nacimiento.

Viendo, tocando, escuchando, oliendo y en general explorando es como el niño logra asimilar experiencias y descubrir los objetos y sus características.

El desarrollo sensorial es el proceso donde los sentidos reciben la primera información del entorno elaborando así, sensaciones y percepciones.
A partir de estas sensaciones y percepciones que recoge del medio, se van formando los procesos cognitivos de la inteligencia y el lenguaje.
La inteligencia se forma a partir de toda la información recibida a través de los sentidos y de la exploración del entorno.

Y el lenguaje es la capacidad que tiene el ser humano para expresar sus ideas y sentimientos.

Por esta razón, como padres es recomendable estimular y ejercitar los sentidos para lograr un óptimo desarrollo integral del niño.
Las maestras, debemos reforzar lo que algunas veces no se brinda en casa, en este caso, tenemos el deber de proporcionar un ambiente rico en estímulos sensoriales (táctiles, auditivos, visuales, etc) y un amplio espacio para que el niño pueda explorar y construyendo habilidades motrices, cognitivas y socio-afectivas.


Recordemos que cada niño tiene su propio ritmo y su propio proceso de descubrimiento. Algunos disfrutan más, otro menos y necesitan ese espacio, tiempo y acompañamiento para explorar cada cambio y novedad que se les presenta. Hay cosas tan sencillas desde casa para trabajar con ellos y estimular este proceso que iremos contando en un siguiente post.

¡Hasta la próxima! 

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No solo mi hijo necesitaba ir a terapia.

Este año fue un año muy intenso y difícil para mi familia. He llorado de rabia sin encontrar soluciones a problemas que parecían interminables. 

Hasta ahora no me han dicho algo más duro que: “tu hijo está sufriendo”. Me citaron en el nido más de una vez, recibía notas en la agenda, más de un mail a la semana. Algo no estaba bien con Gabriel y necesitábamos ayuda, necesitábamos ir a terapia. 

Mi hijo tenía tres años y necesitaba un espacio además de nuestra crianza. Cuando la recomendación llegó, me asusté, me culpé y no dejaba de llenarme la cabeza de cosas. Estaba recargada. 

Mi familia fue mi soporte, pero sobretodo las ganas de que todo mejore no me dejó pensar las cosas dos veces. Gabriel fue evaluado, nosotros también y arrancó la terapia con todas las ganas de avanzar. 

Desde que converse con Mari y llegamos  al centro yo sabía que estábamos en el lugar correcto, en donde desde un inicio Gabriel sintió que iba a “jugar” y en realidad lo evaluaban y trataban. Nuestra primera cita con la psicóloga me devolvió el alma al cuerpo. Gabriel era un niño que necesitaba ser evaluado, acompañado, pero nosotros también. Era un trabajo a largo plazo y no era nada del otro mundo. 

Llevó una terapia con enfoque sensorial, que espero contarles todo lo que se refiere en otro post. Gabriel mejoró muchísimo su seguridad, su control y aprendía a través del juego a regular ciertas características que a los niños sensoriales les cuesta un poco más. 

Pero las cosas en el nido no mejoraban, mi hijo explotaba en cualquier situación, así afecte o no a sus sentidos, estaba recargado. Y esa recarga tenía una raíz, esa raíz era yo. 

Es así como Mari me contacta con Claudia. Empecé la terapia y a la par Gabriel seguía en el centro la suya. Quien necesitaba ese espacio era yo. A veces las mamás creemos que realmente lo podemos todo y no hacemos otra cosa más que sobrecarganos para que todo sea perfecto para todos, menos para nosotros. A la tercera sesión se resolvieron cosas internas que ni yo misma entendía pero que afectaban a todos, sobretodo a Gabriel. 

Yo mejoré, mi relación de pareja, hija y sobretodo mamá se iba encaminando. A mi quinta sesión Gabriel ya estaba sin terapia y las notas de la agenda del nido eran contándome lo bien que le iba, cuánto más disfrutaba de sus actividades y en casa él y yo estábamos también mejor. 

Eso que dicen que le transmitimos todo a los hijos… ya, no hay nada más cierto. Nuestros hijos nos conocen más que nadie, nos sienten, huelen y ven incluso mejor que nosotros mismos. Desde una conversación nerviosa hasta un suspiro, saben que algo nos está pasando, aunque no sepan exactamente qué es. Les transmitimos eso, y si nosotros no estamos bien, ellos tampoco lo estarán. 

No nos olvidemos. Tenemos un motor inmenso para estar bien como son los hijos, pero cuidémonos por nosotros mismos. 

Lo mejor para nosotros (y nuestros hijos) es sentirnos bien. 


Mily ❤️